Recientemente, las publicaciones de los investigadores Hélene Benveniste, Peter Huybers y Jonathan Proctor, en la revista científica Nature Communications, han profundizado en los datos y conclusiones sobre un tema que continúa arrojando interpretaciones: la relación crisis climática/migración.
La aceleración de los cambios climáticos obliga a reevaluar las hipótesis alrededor de las causas por las que se generan los movimientos migratorios entre países o dentro de ellos. En los últimos estudios, se realizó una segmentación más pormenorizada de las características demográficas migratorias, entrelazando variables como los niveles educativos y socioeconómicos, la edad y el género, con registros de la temperatura y la humedad de los suelos; factores imprescindibles tanto en el bienestar como en la seguridad alimentaria.
Las preguntas revelan lo importante
Todo análisis genera datos, estadísticas, porcentajes, base y fundamento científico; pero lo que más nos interesa como organización social son las preguntas que surgen a partir de esta relectura de la información. En este caso, aparecen interrogantes como ¿todos pueden responder emigrando cuando se evidencia una crisis climática?, ¿cuáles son las características de quienes logran moverse a otro destino?, ¿qué lugar ocupa la condición climática en el traslado de personas?, ¿la migración es tan simple como una decisión o depende de una sincronicidad de factores?. Los investigadores de Nature Communications lo resumen en una frase: la migración climática global es una historia de quiénes y no sólo de cuántos.
Datos, no opinión
La evidencia extraída de los estudios realizados por Benveniste y sus colegas surge del análisis de más de 125.000 casos de migración transfronteriza desde 168 países de origen a 23 de destino y más de 480.000 casos de movimientos internos en 71 países. Cada migrante fue clasificado según su edad, sexo, nivel educativo, lugar de origen, de destino y otras tantas variables demográficas. De allí se pudieron rescatar conclusiones como:
- En situaciones de calor extremo, los niños menores de 15 años tienen menos probabilidades de migrar a otro país.
- Los adultos con bajo nivel educativo, especialmente los mayores de 45 años, presentan una mayor propensión a desplazarse.
- “Doble penalización”: a medida que aumentan las temperaturas globales, quienes cuentan con menos recursos de adaptación ante el cambio climático también ven restringida la migración como estrategia.
- Los adultos con educación superior residentes en zonas tropicales muestran una mayor tendencia a reubicarse dentro de sus países cuando suben las temperaturas.
- En lugares donde es habitual la sequedad y el calor, los periodos donde se intensifican estas condiciones incrementan la migración interna, especialmente entre los menos educados.
- El estudio no encuentra evidencia de oleadas masivas de migración transfronteriza como consecuencia directa de los fenómenos climáticos.
- El estudio estima que para el año 2100 las tasas de migración podrían aumentar en torno a un 25 % entre adultos mayores y con menor nivel educativo, y disminuir hasta un 33 % entre los más jóvenes y con menor nivel educativo.
Este tipo de análisis apunta a esclarecer otra arista de los eventos migratorios, ya no detectando o prediciendo cantidad de migrantes a futuro, sino centrando la discusión en cuestiones que se relacionan con la calidad de vida, las condiciones humanas, los recursos y las herramientas con las que cuentan las personas a la hora de proyectar sus vidas.
El colapso climático, es una problemática global que también pone sobre la mesa temas fundamentales como el derecho a decidir cómo resolver nuestro futuro frente a una crisis que pone en peligro la propia vida, nuestro entorno, el trabajo; el sustento familiar, el bienestar, la calidad de vida. Es importante estar atentos tanto a las condiciones de quienes se desplazan como a las de los que no, porque allí también se aloja más información y surgen otras necesidades.
Emigrar no siempre es la respuesta para todos y puede que muchas veces no sea una posibilidad, pero, sin duda, poder elegir cómo vivir y cómo defender nuestras vidas es un bien común a proteger, y para ello se necesitan datos concretos y políticas que acompañen las conclusiones.
Fuentes


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