Patrimonio natural: hacia la vida

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Por Marco Fidel Suárez Bedoya

Es curiosa la manera como el arte tiende a convertirse en patrimonio y, aunque suene trillado, no hay mejor artista que nuestra Madre Naturaleza. Ella, en su infinita generosidad, nos ha regalado cientos, o miles, de obras magistrales en las que se combinan la excelsa belleza de los paisajes con la mágica singularidad de la vida, esa misma que hemos denominado biodiversidad. Son obras de una madre abnegada que, en su sabiduría insondable, ha decidido legar: la historia de sus primeros días, esos en que los humanos ni siquiera estábamos en sus planes de creación; los misterios del ciclo biológico, que aún no logramos entender por completo; y, un sinfín de recursos que soportan nuestra existencia y que, irónicamente, estamos agotando. A la Tierra no le basta con su belleza, sino que también se viste con las ropas de la perfección. Cuando los humanos nos acercamos a esa revelación, decidimos admirarla, estudiarla, descifrarla, nos empezamos a enorgullecer y decimos: “esta obra de la Madre es digna de conservar para nosotros, para nuestros hijos y los hijos de sus hijos”.

Así es como yo, un enamorado de la naturaleza, intenta describir con algo de poesía lo que se considera oficialmente como patrimonio natural. Es tan sabia nuestra Madre que no solo nos permite contemplar esas obras, sino que, como cualquier otro artista, las brinda para obtener de ellas sustento económico. Quizás no lo hemos entendido bien, quizás estamos destruyendo una fuente de ingresos que requiere permanecer intacta. Me explico: Colombia tiene en la actualidad unas 59 áreas protegidas, dos o tres de ellas que engrosan la Lista de Patrimonio Mundial de la Unesco. Estas áreas protegidas aportan al PIB cerca de US$3.439 millones anualmente (Bohórquez, 2019), todo por permanecer en íntegra tranquilidad, en soberana armonía.

Dichas áreas limitan sus usos comerciales. En ciertos y determinados espacios de algunas de ellas se permite el ecoturismo. Nada más. Por tanto, su monetización es, en gran parte, representativa: proveen recursos vitales, como el agua, para el uso y el consumo, son sumideros de carbono y ayudan en el control del cambio climático y, el beneficio más grande, tal vez imposible de monetizar, es que preservan nuestra vida y la de nuestros compañeros planetarios (animales y plantas). ¡Ah! Y no podemos olvidar que estos sitios, en su mayoría, connotan espiritualidad para las comunidades nativas que los habitan o se desarrollan a su alrededor.

Intentando hacer una síntesis de todo esto, pecando posiblemente de mucha palabrería, el patrimonio natural va más allá del inventario de patrimonio mundial, va más allá de lo hermosa y sorprendente, particular y majestuosa, que es la naturaleza en sí misma. Recordemos que el patrimonio es construcción social, así que no podemos olvidar la relación que tienen los lugares naturales con los imaginarios colectivos, con todos los aspectos de la vida humana. Patrimonio natural son todas aquellas obras de la Madre Tierra, por muy simples o pequeñas que sean, que merecen ser conservadas.

En ese orden de ideas, hay patrimonio natural desde escalas locales hasta escalas globales. Por ejemplo, en Jardín, el municipio donde resido, gozamos de una riqueza natural inigualable y aunque muchas veces la vemos amenazada por las economías despiadadas, oscuras y egoístas que llegan de fuera, o que incluso surgen desde dentro, como comunidad hemos intentado apropiarnos de ella, en parte gracias a la educación ambiental que bien nos hemos empeñado en brindar a las generaciones más jóvenes y que se hace necesario seguir fortaleciendo. Para nosotros, los jardineños, son patrimonio: la gran cantidad de agua que poseemos en ríos, quebradas y lagos; la Cueva del Esplendor, la Cueva de Los Guacharos y el Salto del Ángel; el Gallito de Roca, el Loro Orejiamarillo y los colibríes; la Palma de Cera, los guayacanes y los sietecueros; el oso andino, el venado y el tigrillo; las rosas, las orquídeas y la endémica Passiflora Jardinensis. En fin, sería una larga lista mencionar todos los elementos del bosque protegido que nos enorgullece, que habitamos y con el que nos relacionamos a diario. Para América Latina, y para el mundo entero, el Amazonas debería ser uno de los más grandes monumentos del patrimonio natural gracias a su función de oxigenar el planeta y su espectáculo de flora y fauna. A él deberían seguirle los páramos, cunas del agua; los océanos, reguladores del clima; los desiertos, fertilizadores innatos; los arrecifes coralinos, lechos vivos de alimento.

Hay patrimonio natural en cualquier pueblo o ciudad, en cualquier país, en cualquier rincón del planeta. La tarea es reconocerlo, valorarlo, defenderlo y conservarlo, porque al conservar el patrimonio natural estamos preservando la vida, nuestra vida.

 

Referencias

Bohórquez, Kevin Steven. (2019). Las áreas protegidas naturales aportan US$3.439 millones anuales al PIB. La República. [En línea]. Disponible en: https://www.larepublica.co/economia/las-areas-protegidas-naturales-aportan-us3439-millones-anuales-al-pib-2900067

UNESCO. (2021). Patrimonio Natural. [En línea]. Disponible en:  https://es.unesco.org/themes/patrimonio-natural